Tuesday, December 11, 2007

PUES SE ACABÓ...

(Mil GRACIAS a tod@s los que durante este año y fracción hicieron posible este espacio).

Monday, November 26, 2007

DOMINGO

Mihi Pater

Constantemente ahuyentábamos
esta hora terrible de nuestro pensamiento,
tapiamos todas las ventanas
y pusimos doble cerrojo en cada puerta de la casa.
Pero todo fue inútil,
como era de esperarse
y el reloj marcó implacable las diez y quince por la mañana.

Se extinguieron los astros en el firmamento,
fueron luceros primeros los tuyos
en negar su luz de entre todos.
Extendieron majestuosas sus amplias alas
las águilas del eterno imperio
y bajo su sombra tendiste tu cansado cuerpo.

Yaces sobre tu costado.
¡Qué inerme el hombre en su derrota!
¡Qué desnudo a pesar de sus ropajes!
¡Qué impotentes sus brazos!
¡Oh, imagen desgarradora la tuya,
Padre, Esposo y Hermano,
en este tu minuto definitivo!
No hay rebelión que valga contra esta tiranía.
Por más brazos que te cobijen,
por más manos que defiendan la tuya,
lánguida y pálida,
y oculten tu cuerpo espaldas y pechos,
curvos picos, curvas garras
te arrebatan sin remedio, ni esperanza de regreso,
de esta tu humilde Ítaca,
rica en recuerdos.

Tomo por vez última en mis manos la tuya,
un poder devastador se levanta entre mis palmas,
danza el humo de lo que hace un instante era tu flama
y contemplo tu rostro al fin vencido, al fin libertado:
imágen última como la de ese dios que mojaba tu boca
en la agonía
y que quema en ese absurdo que es su fuerza
las naves de mis ilusiones.
¡Mirad!
Ya revientan sus proas contra las rocas de mi ira.

Rescato de entre el dolor tu voz serena y tus palabras,
quisiese hacer valer la ilusión que una vez sembraste
cuando niño:
idea cuya carne está hecha de esperanzas infundadas,
deseo que estalla como cántaro gordo de agua
y refresca los esfuerzos de una flor
que se niega a desaparecer del mundo.

Me despido con la certeza herida por la voluntad de retenerte,
más sé bien que al desmayar tu cuerpo,
en el adiós de tus soles,
has soltado las amarras y te alejas
sin alzar la mano, ni voltear a verme.

Tuesday, October 30, 2007

MISA DE REQUIEM-Communio

Mihi Pater.


Monday, October 29, 2007

MISA DE REQUIEM-Agnus Dei

Mihi Pater.


Saturday, October 27, 2007

MISA DE REQUIEM-Benedictus

Mihi Pater.


Thursday, October 25, 2007

MISA DE REQUIEM-Sanctus

Mihi Pater.


Wednesday, October 24, 2007

MISA DE REQUIEM-Hostias

Mihi Pater.


Tuesday, October 23, 2007

Monday, October 22, 2007

Sunday, October 21, 2007

MISA DE REQUIEM-Recordare

Mihi Pater.

Saturday, October 20, 2007

MISA DE REQUIEM-Rex Tremendae.

Mihi Pater.

Friday, October 19, 2007

MISA DE REQUIEM-Tuba Mirum

Mihi Pater.


Thursday, October 18, 2007

MISA DE REQUIEM-Dies Irae

Mihi Pater.


Wednesday, October 17, 2007

Saturday, August 04, 2007

PK-Pellicer

Hace unos días mi querido PK posteó esta joya que, en algún punto, me recuerda mucho esta otra joya de maestro Pellicer. La sencillez (inocencia sería, quizá, un mejor adjetivo) de los versos me parece en ambos casos de una ternura irresistible.

Buen fin de semana!


RECUERDOS DE IZA
(UN PUEBLECITO DE LOS ANDES)


1 Creeríase que la población,
después de recorrer el valle,
perdió la razón
y se trazó una sola calle.

2 Y así bajo la cordillera
se apostó febrilmente como la primavera.

3 En sus ventas el alcohol
está mezclado con sol.

4 Sus mujeres y sus flores
hablan el dialecto de los colores.

5 Y el riachuelo que corre como un caballo,
arrastra las gallinas en febrero y en mayo.

6 Pasan por la acera
lo mismo el cura, que la vaca y que la luz postrera.

7 Aquí no suceden cosas
de mayor trascendencia que las rosas.

8 Como amenaza lluvia,
se ha vuelto morena la tarde que era rubia.

9 Parece que la brisa
estrena un perfume y un nuevo giro.

10 Un cantar me despliega una sonrisa
y me hunde un suspiro.

* * *

¡Oh, felicidad!
No estaba muerta, andaba de parranda…

Thursday, July 12, 2007

MARTHA

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Para Bender.
.
.
–Preparé café – le dije a Martha, mientras ella se secaba el cabello sentada a la orilla de la cama.

–También hice huevos… yo... te voy a servir el café en lo que terminas de arreglarte.

–¡Martha! – insistí, pero ella no me contestó nada y se metió al baño con la toalla enredada en la cabeza y oliendo a aceite de almendras. Me quedé parado junto a la puerta, enfrentando tremendo conflicto entre el deseo de cogérmela mientras se cepillaba la boca, o meterle un par de bofetones y morderle una teta antes de decirle que se largara de mi casa. Soy una persona paciente (pasiva, más bien), pero todo tiene sus límites. Pero Martha me gustaba bastante y eso me flexibilizaba un poco. Ambas opciones me parecían igual de malas y permanecí viendo las huellas húmedas de sus sandalias mientras me lamentaba por tener un hocico tan ligero y por buscarme compañeras tan estúpidamente dignas y atractivas; todo indicaba que de nuevo la había cagado. Me pregunté cómo carajo hacía Fernando para soportar semejante colección de consignas rescatadas de alguna librería de viejo. Supuse que todo se trataba de ser medio bobalicón, hacerse pocas preguntas y mostrase permanentemente agradecido el tiempo que se estuviese al lado de la chica en cuestión. Me molestó recordar que durante algún tiempo yo había sido alguien muy parecido a Fernando, pero me las arreglé para convencerme de que eso había quedado atrás. También pensé que estaba siendo un poco duro con aquél chico y en la manera en que según decía la gente, yo había traicionado su amistad ligándome a Martha. La gente dice siempre estupideces basadas en los fragmentos de la realidad que más le gusta resaltar. Quizá sea mala fe. No creo que sea tan difícil distinguir entre una buena relación de trabajo y una verdadera amistad. No lo es para mí al menos, si bien es cierto que mis nociones de este o cualquier otro tema son primordialmente intuitivas. En fin, terminé contemplando la posibilidad de que ambos fuesemos variantes ejemplares de la estupidez; no estuve dispuesto a mayores concesiones. Vi su ropa sobre la cama y escuché el ruido del agua corriendo por el desagüe. Supuse que Martha estaría por salir del baño. Caminé hacia la cocina. Una de las cosas más obvias y por lo mismo, más entrañables de una relación, es el aprender las pequeñas rutinas del otro; es agradable tener el poder de anticipar lo que la otra persona está a punto de hacer. También es una de las cosas más difíciles de perder. Es tan extraño, invasivo y encantador al mismo tiempo, integrar en el tedio diario la monotonía de alguien diferente a uno mismo, que cuando esa persona no está más, uno sigue repasando mentalmente las acciones memorizadas para cierto lugar o momento. Pero ya no hay nadie y en este sentido, la traza estéril de la rutina ajena es como eyacular en el vacío. No se si uno pueda derramarse en el vacío, pero es lo que se me ocurre para describir ese sentimiento. Martha se vestía en la habitación y supuse lo que venía. Lo supuse porque no era la primera vez que pasaba y también porque las veces anteriores habían sido diferentes. Traté de convencerme de que no era mi culpa y de lo profundamente jodido que era darle tanta importancia a una actividad que de cualquier modo a nadie le importaba. Me serví un poco de café y prendí el radio para aparentar que todo estaba en calma. Sentía la cabeza muy pesada y tenía ganas de dormir profundamente, pero no quería cerrar los ojos. Me dejé caer en el sillón mientras escuchaba la voz gangosa del conductor del noticiero. No soportaba al tipo, pero tampoco tenía fuerzas para levantarme y cambiar de estación. El pelmazo repetía las mismas noticias de todos los días, vomitaba sus prejuicios (en parte míos) como todos los días y elogiaba la misma mierda de todos los días. Me pareció escuchar que Martha lloraba en el cuarto y sonreí pensando en lo desesperado que debía de estar para escuchar algo tan improbable. Ambos detestábamos las escenitas de lágrimas, disculpas y abrazos. Aún así me sentí tentado de entrar al cuarto. Permanecí en el sillón y traté de poner fino el oído antes de hacer cualquier cosa. No escuché nada aparte del radio. El sujeto anunciaba un nuevo ajuste de cuentas entre sicarios. Las mismas noticias de todos los días. De pronto el tipo se exaltó y con su asqueroso tono indignado anunció que entre los ejecutados se hallaba una niña de diecinueve años. El tipo se rasgaba las vestiduras diciendo que ni siquiera las mujeres estaban a salvo del cáncer del crimen organizado. Sonreí y sentí unas ganas enormes de gritar –¡Oye Martha, aquí hay un tipo que necesita que le platiques sobre equidad de género!-. Pero me quedé callado, no por prudencia, sino porque en ese momento ella salió de la habitación y atravesó la sala. Lucía bellísima e inquietantemente triste. Noté que tenía los ojos rojos y que aún así, estos eran extremadamente hermosos. Algo parecido a la ternura me erizó la piel, pero fue sólo un momento; su gesto duro lo disipó de golpe. Se me quedó viendo y pensé iba a decirme algo. Quizá ella pensó lo mismo, pero ambos permanecimos callados. La radio seguía sonando. Ella metió la mano a su bolso, sacó las llaves y las dejó sobre la mesa de centro. Cerré los ojos y ella cerró la puerta mientras el locutor seguía chillando.
La boca me sabía amarga.

Monday, June 25, 2007

ALL IS WHITE IN THE BLACK BLOG





When she sings
Heaven is on the earth
Heaven is in my ears

Sunday, June 10, 2007

En el metro...

Que la vida es dura es algo que todos nosotros sabemos. Decirlo suena mal incluso, suena a queja y a falta de agallas. Lo cual es bastante congruente viniendo de mi persona. Todos sabemos lo difícil que puede ser esto de padecer la vida, de vivir la vida o de sobrellevarla. La cosa que el humor de cada uno esté dispuesto a conceder. En mi caso es algo que sé desde hace muchos años, cuando mi cuerpo aún era joven y ocasionalmente daba cobijo a las ilusiones. Poco a poco la conciencia de la dureza de la vida se me fue transformando en la certeza de que la vida no era en realidad dura, sino esencialmente perversa. Este fue un “descubrimiento” que inicialmente me indignó en lo más profundo, pero como todo mundo también sabe, a todo se acostumbra uno. No obstante, aún hay momentos especiales en donde las cosas pasan frente a mis ojos como si fuese la primera vez que presto atención a las dimensiones de su existencia. Creo que algunas personas piensan que esta situación es algo de lo cual debo sentirme afortunado. Quizá tengan razón. Quizá soy afortunado por poder ver con ojos de idiota el rostro ajado de la existencia y dirigirle una mirada majadera, una mirada casi morbosa. Sucede casi siempre por las noches, cuando la mayor parte de esta ciudad de esclavos se prepara para ir a la cama. El metro es el lugar favorito para estos encuentros, sucursal de la dimensión re-conocida en donde esa vieja desastrada, cruel y cínica, tiende hacia mí su mano leprosa hasta casi tocarme la nariz y extiende su dedo para mostrarme la selecta colección de miserias que ha preparado para mi deleite. Quizá alguno de ustedes entienda de lo que hablo o quizá sea que simplemente soy otro tipo amargado y nada ilusionado con la perspectiva de llegar a casa. Tal vez sea el cansancio, el aburrimiento, la falta total de aliento. O quizá sea la hora, el calor o el vagón sucio y apestoso del metro; los rostros de la gente, tan cansados y destrozados como el mío. Algo tiene que ver la hora, eso es seguro; los seres del inframundo, los malditos de todas las bocas, arremeten desde las sombras. Es algo muy triste y desalentador, pero ahora que lo pienso creo que también es muy bueno y muy justo. Si, es algo bueno. Es bueno que los apestados, los negados, los feos, los despreciados y todos los indeseables del la vie en rose emerjan de sus madrigueras y salgan a romper la frágil farsa de los enajenados. Yo soy un enajenado y por lo tanto, soy la presa perfecta para estos infames. Cada uno de ellos es un diente afilado que se clava en mi carne fofa y alienada. ¡Ah, las fauces silenciosas de la noche! ¡Su sonrisa gélida y su mirada de verdugo! Por más que intente postergar el encuentro con la miseria, tan serena a mis ojos la suya como ominosa la mía, ella siempre se hace presente. Allí, donde mis ojos se vuelven, surgen omnipresentes e inexorables los rostros siniestros del desamparo. Viajan conmigo la vieja indigente, el niño intoxicado, la puta que inicia su jornada, un gordo ofensivo a la vista y oloroso a caguama, la secretaria y el maestro satisfechos por la estabilidad de sus trabajos. Viaja frente a mí la drag queen, tan orgullosa y tan sola, tan observada de reojo por todos, excepto por los niños y los imbéciles que no conocen de delicadezas y discreciones. Todos viajan junto a mí, frente a mí, adentro de mí. Soy vomitado de nuevo a la calle y camino por aceras olorosas a grasa, mierda de perro y orines diversos: una colonia como cualquiera otra (quizá con un par de odiosas excepciones). Llego a casa sin ganas de pensar en nada, mucho menos en mis problemas. Obvio, son ellos los primeros que me vienen a la cabeza. Intento alejar mi mente del trabajo y de los parámetros del éxito y del fracaso. Fracaso. Mis pensamientos están atrapados en el agujero negro de la rutina. Paso revista mental a mi guardarropa y elijo el atuendo que he de portar por la mañana, la distante y nada deseada mañana. Pienso en lo terrible y sensata que es la desesperanza y trato de convencerme de ello. Aborrezco a todos aquellos que fundamentan su vida en una esperanza: me chocan sus rostros llenos de algo tan parecido a la fe y me asquea reconocer en mis entrañas la agitación de ese rencor que crece en proporción directa a la imposibilidad de obtener aquello que con más ardor se desea. Alcanzo la madrugada pensando en el porvenir, en mi falta de valor o de carácter, o de lo que sea que se necesite para mandar al diablo la autocompasión y los lamentos e intentar hacer algo que otorgue sentido a lo que uno hace, o de plano saltar desde la azotea y acabar de una vez por todas con este estado de insatisfacción permanente. Estos son mis pensamientos de todas las noches, mis compañeros fieles que estiran los minutos para que nuestra velada sea más larga. Es mala la noche y es peor el mañana. En las tinieblas el vacío alcanza dimensiones monstruosas. Me declaro incapaz de hacer algo por contener su asombrosa expansión, cualquier cosa es inútil. Prendo la televisión para ahuyentar al diablo. Soy todo dudas, miedos, intuiciones, tristeza, recuerdos y autorreproche. Monto mi show privado, mi carpa en donde soy todos los payasos. Soy el tremendo juez de mi tremenda corte. Soy el acusado que ha sido condenado antes de pasar al banquillo. Soy el fiscal de hierro y el defensor que sabe perdido el caso sin necesidad de consultar el expediente. Soy el ojo que vigila, el dedo que señala y el brazo que me arroja a la mazmorra. Soy la voz que pide a gritos la pena máxima, mientras se oculta detrás de alguien. Soy la carcajada que empuja las paredes del infierno hasta hacerlo infinito. Así transcurre la noche. Cuando el horizonte comienza a palidecer, los monstruos de la ciudad y del alma se ocultan para preparar la embestida de la noche siguiente. El sueño acude a mí y yo me siento aliviado. Suena entonces el despertador y sé bien que no tengo otra opción: debo abandonar el lecho para ir de nuevo al trabajo.

Wednesday, May 23, 2007

Esta noche...



Te ofrezco mi semen tibio,
dame tu sexo ardiente.
Te ofrezco mi lengua de acero,
dame tus senos, la inquietud de tus manos.
Muerde mi glande,
yo devoraré tus labios;
rodéame con tus piernas,
yo pondré mi carne en tu carne.


Pero sobre todo, llegado el momento:
no rompas demasiado rápido este abrazo,
espera un poco antes de tenderme la mano.
Quizá así olvidemos, por un momento,
lo solos que estamos.

Sunday, May 06, 2007

LA HAINE

Como irritantes trinos de un amanecer que llega
demasiado pronto

(para ningún otro reloj, excepto el propio);
como fieras hambrientas y polvorosas, que arrastran sus cuerpos
bajo un sol de desamparo:


así abren sus pétalos marchitos
las flores de mis odios.
Irrumpen muertas y omnipotentes,

en el prematuro otoño de mi vida.