Thursday, July 12, 2007

MARTHA

.
Para Bender.
.
.
–Preparé café – le dije a Martha, mientras ella se secaba el cabello sentada a la orilla de la cama.

–También hice huevos… yo... te voy a servir el café en lo que terminas de arreglarte.

–¡Martha! – insistí, pero ella no me contestó nada y se metió al baño con la toalla enredada en la cabeza y oliendo a aceite de almendras. Me quedé parado junto a la puerta, enfrentando tremendo conflicto entre el deseo de cogérmela mientras se cepillaba la boca, o meterle un par de bofetones y morderle una teta antes de decirle que se largara de mi casa. Soy una persona paciente (pasiva, más bien), pero todo tiene sus límites. Pero Martha me gustaba bastante y eso me flexibilizaba un poco. Ambas opciones me parecían igual de malas y permanecí viendo las huellas húmedas de sus sandalias mientras me lamentaba por tener un hocico tan ligero y por buscarme compañeras tan estúpidamente dignas y atractivas; todo indicaba que de nuevo la había cagado. Me pregunté cómo carajo hacía Fernando para soportar semejante colección de consignas rescatadas de alguna librería de viejo. Supuse que todo se trataba de ser medio bobalicón, hacerse pocas preguntas y mostrase permanentemente agradecido el tiempo que se estuviese al lado de la chica en cuestión. Me molestó recordar que durante algún tiempo yo había sido alguien muy parecido a Fernando, pero me las arreglé para convencerme de que eso había quedado atrás. También pensé que estaba siendo un poco duro con aquél chico y en la manera en que según decía la gente, yo había traicionado su amistad ligándome a Martha. La gente dice siempre estupideces basadas en los fragmentos de la realidad que más le gusta resaltar. Quizá sea mala fe. No creo que sea tan difícil distinguir entre una buena relación de trabajo y una verdadera amistad. No lo es para mí al menos, si bien es cierto que mis nociones de este o cualquier otro tema son primordialmente intuitivas. En fin, terminé contemplando la posibilidad de que ambos fuesemos variantes ejemplares de la estupidez; no estuve dispuesto a mayores concesiones. Vi su ropa sobre la cama y escuché el ruido del agua corriendo por el desagüe. Supuse que Martha estaría por salir del baño. Caminé hacia la cocina. Una de las cosas más obvias y por lo mismo, más entrañables de una relación, es el aprender las pequeñas rutinas del otro; es agradable tener el poder de anticipar lo que la otra persona está a punto de hacer. También es una de las cosas más difíciles de perder. Es tan extraño, invasivo y encantador al mismo tiempo, integrar en el tedio diario la monotonía de alguien diferente a uno mismo, que cuando esa persona no está más, uno sigue repasando mentalmente las acciones memorizadas para cierto lugar o momento. Pero ya no hay nadie y en este sentido, la traza estéril de la rutina ajena es como eyacular en el vacío. No se si uno pueda derramarse en el vacío, pero es lo que se me ocurre para describir ese sentimiento. Martha se vestía en la habitación y supuse lo que venía. Lo supuse porque no era la primera vez que pasaba y también porque las veces anteriores habían sido diferentes. Traté de convencerme de que no era mi culpa y de lo profundamente jodido que era darle tanta importancia a una actividad que de cualquier modo a nadie le importaba. Me serví un poco de café y prendí el radio para aparentar que todo estaba en calma. Sentía la cabeza muy pesada y tenía ganas de dormir profundamente, pero no quería cerrar los ojos. Me dejé caer en el sillón mientras escuchaba la voz gangosa del conductor del noticiero. No soportaba al tipo, pero tampoco tenía fuerzas para levantarme y cambiar de estación. El pelmazo repetía las mismas noticias de todos los días, vomitaba sus prejuicios (en parte míos) como todos los días y elogiaba la misma mierda de todos los días. Me pareció escuchar que Martha lloraba en el cuarto y sonreí pensando en lo desesperado que debía de estar para escuchar algo tan improbable. Ambos detestábamos las escenitas de lágrimas, disculpas y abrazos. Aún así me sentí tentado de entrar al cuarto. Permanecí en el sillón y traté de poner fino el oído antes de hacer cualquier cosa. No escuché nada aparte del radio. El sujeto anunciaba un nuevo ajuste de cuentas entre sicarios. Las mismas noticias de todos los días. De pronto el tipo se exaltó y con su asqueroso tono indignado anunció que entre los ejecutados se hallaba una niña de diecinueve años. El tipo se rasgaba las vestiduras diciendo que ni siquiera las mujeres estaban a salvo del cáncer del crimen organizado. Sonreí y sentí unas ganas enormes de gritar –¡Oye Martha, aquí hay un tipo que necesita que le platiques sobre equidad de género!-. Pero me quedé callado, no por prudencia, sino porque en ese momento ella salió de la habitación y atravesó la sala. Lucía bellísima e inquietantemente triste. Noté que tenía los ojos rojos y que aún así, estos eran extremadamente hermosos. Algo parecido a la ternura me erizó la piel, pero fue sólo un momento; su gesto duro lo disipó de golpe. Se me quedó viendo y pensé iba a decirme algo. Quizá ella pensó lo mismo, pero ambos permanecimos callados. La radio seguía sonando. Ella metió la mano a su bolso, sacó las llaves y las dejó sobre la mesa de centro. Cerré los ojos y ella cerró la puerta mientras el locutor seguía chillando.
La boca me sabía amarga.

Monday, June 25, 2007

ALL IS WHITE IN THE BLACK BLOG





When she sings
Heaven is on the earth
Heaven is in my ears

Sunday, June 10, 2007

En el metro...

Que la vida es dura es algo que todos nosotros sabemos. Decirlo suena mal incluso, suena a queja y a falta de agallas. Lo cual es bastante congruente viniendo de mi persona. Todos sabemos lo difícil que puede ser esto de padecer la vida, de vivir la vida o de sobrellevarla. La cosa que el humor de cada uno esté dispuesto a conceder. En mi caso es algo que sé desde hace muchos años, cuando mi cuerpo aún era joven y ocasionalmente daba cobijo a las ilusiones. Poco a poco la conciencia de la dureza de la vida se me fue transformando en la certeza de que la vida no era en realidad dura, sino esencialmente perversa. Este fue un “descubrimiento” que inicialmente me indignó en lo más profundo, pero como todo mundo también sabe, a todo se acostumbra uno. No obstante, aún hay momentos especiales en donde las cosas pasan frente a mis ojos como si fuese la primera vez que presto atención a las dimensiones de su existencia. Creo que algunas personas piensan que esta situación es algo de lo cual debo sentirme afortunado. Quizá tengan razón. Quizá soy afortunado por poder ver con ojos de idiota el rostro ajado de la existencia y dirigirle una mirada majadera, una mirada casi morbosa. Sucede casi siempre por las noches, cuando la mayor parte de esta ciudad de esclavos se prepara para ir a la cama. El metro es el lugar favorito para estos encuentros, sucursal de la dimensión re-conocida en donde esa vieja desastrada, cruel y cínica, tiende hacia mí su mano leprosa hasta casi tocarme la nariz y extiende su dedo para mostrarme la selecta colección de miserias que ha preparado para mi deleite. Quizá alguno de ustedes entienda de lo que hablo o quizá sea que simplemente soy otro tipo amargado y nada ilusionado con la perspectiva de llegar a casa. Tal vez sea el cansancio, el aburrimiento, la falta total de aliento. O quizá sea la hora, el calor o el vagón sucio y apestoso del metro; los rostros de la gente, tan cansados y destrozados como el mío. Algo tiene que ver la hora, eso es seguro; los seres del inframundo, los malditos de todas las bocas, arremeten desde las sombras. Es algo muy triste y desalentador, pero ahora que lo pienso creo que también es muy bueno y muy justo. Si, es algo bueno. Es bueno que los apestados, los negados, los feos, los despreciados y todos los indeseables del la vie en rose emerjan de sus madrigueras y salgan a romper la frágil farsa de los enajenados. Yo soy un enajenado y por lo tanto, soy la presa perfecta para estos infames. Cada uno de ellos es un diente afilado que se clava en mi carne fofa y alienada. ¡Ah, las fauces silenciosas de la noche! ¡Su sonrisa gélida y su mirada de verdugo! Por más que intente postergar el encuentro con la miseria, tan serena a mis ojos la suya como ominosa la mía, ella siempre se hace presente. Allí, donde mis ojos se vuelven, surgen omnipresentes e inexorables los rostros siniestros del desamparo. Viajan conmigo la vieja indigente, el niño intoxicado, la puta que inicia su jornada, un gordo ofensivo a la vista y oloroso a caguama, la secretaria y el maestro satisfechos por la estabilidad de sus trabajos. Viaja frente a mí la drag queen, tan orgullosa y tan sola, tan observada de reojo por todos, excepto por los niños y los imbéciles que no conocen de delicadezas y discreciones. Todos viajan junto a mí, frente a mí, adentro de mí. Soy vomitado de nuevo a la calle y camino por aceras olorosas a grasa, mierda de perro y orines diversos: una colonia como cualquiera otra (quizá con un par de odiosas excepciones). Llego a casa sin ganas de pensar en nada, mucho menos en mis problemas. Obvio, son ellos los primeros que me vienen a la cabeza. Intento alejar mi mente del trabajo y de los parámetros del éxito y del fracaso. Fracaso. Mis pensamientos están atrapados en el agujero negro de la rutina. Paso revista mental a mi guardarropa y elijo el atuendo que he de portar por la mañana, la distante y nada deseada mañana. Pienso en lo terrible y sensata que es la desesperanza y trato de convencerme de ello. Aborrezco a todos aquellos que fundamentan su vida en una esperanza: me chocan sus rostros llenos de algo tan parecido a la fe y me asquea reconocer en mis entrañas la agitación de ese rencor que crece en proporción directa a la imposibilidad de obtener aquello que con más ardor se desea. Alcanzo la madrugada pensando en el porvenir, en mi falta de valor o de carácter, o de lo que sea que se necesite para mandar al diablo la autocompasión y los lamentos e intentar hacer algo que otorgue sentido a lo que uno hace, o de plano saltar desde la azotea y acabar de una vez por todas con este estado de insatisfacción permanente. Estos son mis pensamientos de todas las noches, mis compañeros fieles que estiran los minutos para que nuestra velada sea más larga. Es mala la noche y es peor el mañana. En las tinieblas el vacío alcanza dimensiones monstruosas. Me declaro incapaz de hacer algo por contener su asombrosa expansión, cualquier cosa es inútil. Prendo la televisión para ahuyentar al diablo. Soy todo dudas, miedos, intuiciones, tristeza, recuerdos y autorreproche. Monto mi show privado, mi carpa en donde soy todos los payasos. Soy el tremendo juez de mi tremenda corte. Soy el acusado que ha sido condenado antes de pasar al banquillo. Soy el fiscal de hierro y el defensor que sabe perdido el caso sin necesidad de consultar el expediente. Soy el ojo que vigila, el dedo que señala y el brazo que me arroja a la mazmorra. Soy la voz que pide a gritos la pena máxima, mientras se oculta detrás de alguien. Soy la carcajada que empuja las paredes del infierno hasta hacerlo infinito. Así transcurre la noche. Cuando el horizonte comienza a palidecer, los monstruos de la ciudad y del alma se ocultan para preparar la embestida de la noche siguiente. El sueño acude a mí y yo me siento aliviado. Suena entonces el despertador y sé bien que no tengo otra opción: debo abandonar el lecho para ir de nuevo al trabajo.

Wednesday, May 23, 2007

Esta noche...



Te ofrezco mi semen tibio,
dame tu sexo ardiente.
Te ofrezco mi lengua de acero,
dame tus senos, la inquietud de tus manos.
Muerde mi glande,
yo devoraré tus labios;
rodéame con tus piernas,
yo pondré mi carne en tu carne.


Pero sobre todo, llegado el momento:
no rompas demasiado rápido este abrazo,
espera un poco antes de tenderme la mano.
Quizá así olvidemos, por un momento,
lo solos que estamos.

Sunday, May 06, 2007

LA HAINE

Como irritantes trinos de un amanecer que llega
demasiado pronto

(para ningún otro reloj, excepto el propio);
como fieras hambrientas y polvorosas, que arrastran sus cuerpos
bajo un sol de desamparo:


así abren sus pétalos marchitos
las flores de mis odios.
Irrumpen muertas y omnipotentes,

en el prematuro otoño de mi vida.

Tuesday, April 10, 2007

Intuición 2

Hace unos días tuve la desfachatez de subir un texto llamado Intuición, el cual no tiene nada que ver con esta rolita de mi adorada Shakira, que apenas ayer escuché por vez primera. Esta muuy pegajosita la rola.

Ahí la dejo en lo que me sacudo la güeva de postiar algo menos agradable.

Saludos a tod@s !



Pd. 1: Según me enteré, la versión en inglés es un trancazo en Alemania.

Pd. 2: Es el tema oficial de la gira de Shakira por Europa y el jingle (se escribe así?) de un comercial de autos...

Tuesday, March 27, 2007

AVANT-GARDE

Romper,
deconstruir,
hacer saltar los tornillos:
luditas de la filosofía,
verdugos del sentido común.
Insurrectos ante lo preconcebido,
contemporáneos míos, suyos.
Lo preconcebido
____es su preconcepción
____________de lo preconcebido.

Monday, March 05, 2007

INTUICIÓN

Nunca como en este tardío instante
queda tan claro lo mucho que tú y yo
siempre
nos hemos necesitado
Nos es imposible vivir sin tenernos
Sin tener a quien recurrir para que nos haga daño
Y sabemos también
Que no somos inmunes a la rutina

No tenemos mañana
Nunca ha habido mañana para nosotros
Me llamas pendejohijodeputa
Las paredes se estremecen y el tiempo se hace polvo
Vibras
Tus ojos me doblegan
Hago de mi abrazo una confesión
Tú ere mi confesor, mi verdugo y mi puta
Silbo mi canción en tus oídos
Porfiadamente, por encima de la ira
Hasta vencer tu indignación

Soy aliado de tu carne
Soy el vino y el veneno
Te ofrezco la copa de la mentira
La pongo en tus labios
Hasta que bebes la última gota
Y te dejas
Besar
Y te tiendes
Y me ofreces
Tu clítoris violáceo
Iracundo
Amenazante

La suerte quiere
Que la nota indiscreta
Descanse aún sobre la cama mientras te como el coño

El infortunio es un tigre:
Salta de entre la hierba y no perdona

Me revientas la boca de un puñetazo
Gritas mucho, mucho
Tu furia crece hasta dejar de oírse
Ambos conocemos el sabor que tiene la sangre
Vuelan
Increíblemente rápidas
Tus manos
Palomas que quisieran ser halcones
(Cosas odiosas de la memoria:
de entre tantos y tan variados momentos,
este será siempre el más recordado)
Arde tu mirada sobre mi cuerpo
Luzco imponente, muy hermoso,
Nunca has visto, ni verás de nuevo, un pecho tan amplio y tan rojo
Suena sólido cuando tus manos se estrellan en él
Pom-pom-pom
Es un tambor que anuncia el fin de la guerra
(Al abrir la flor de su rencor)

La violencia no tiene forma
Pero asusta, asombra, devela
Nos une y define
Y también nos devora

Te escupo, te arrojo al piso y te penetro
Veloz como el rayo
No puedes siquiera elevar una protesta
Una potencia ciega nos empuja como esclavos
Sin más, nos dejamos llevar
Mientras lloramos
Hacemos el amor
Y hacemos el odio
Y sentimos como el corazón se nos parte
Y mi verga se despide de tu hendidura
Y tus manos dicen adiós a mis huevos
Y nuestros cuerpos tiemblan
Porque ya saben:

Porque el cuerpo siempre sabe
Cuando está perdiendo para siempre
Al cuerpo amado.

Tuesday, February 20, 2007

David A.

Ciudad de México, 1995.

Acostado sobre las limpias sábanas de su cama matrimonial, David A., abogado soltero de casi 40 años, medita acerca del paso del tiempo y sobre lo viejo que se pone su cuerpo, antes joven y atlético. Haciendo que la mano adopte funciones que le corresponden al ojo, lee en sus formas el registro de días consumidos sin la mayor relevancia. Lector perezoso, pero pensador minucioso aunque de alcances limitados, razona acerca de lo arbitrarios que son los tiempos que suelen asociarse a las distintas etapas de la vida, de lo difícil que es escapar de la lógica ligada a ellos, aún siendo conciente de ella; cavila sobre la imposibilidad de percibir en toda su magnitud el devenir de las cosas en el momento en que estas suceden (aún para aquél que cree que pensar en el tiempo es aprehenderlo) y sobre la impotencia que genera la pérdida de más de la mitad de una vida promedio sin haber logrado cubrir las expectativas ligadas a las no menos arbitrarias etapas de la edad adulta. Mientras da una prolongada fumada a su cigarro, David piensa que el tiempo transcurre ligero y triste como la delgada columna de humo que escapa de su boca. Se le ocurre que la sensación del humo al pasar pos sus fosas nasales constituye evidencia sólida para probar el carácter no imaginativo de un cigarrillo que se consume inevitablemente entre sus dedos y que así también, los recuerdos son elementos a favor de la veracidad del transito del hombre por este mundo. Ejemplo del pensamiento analógico, llega a la conclusión de que así como el humo de su tabaco en el aire, igual se desvanecen los recuerdos hasta perderse por completo conforme se amontonan los instantes ya idos. David A. no entiende de abstracciones matemáticas que intentan dar cuenta de cómo transcurre el universo. No se trata de ningún modo de algún impedimento orgánico que merme la potencia de su intelecto, es sólo que nuestro individuo carece del menor interés en semejantes formalidades del pensamiento. La filosofía tampoco ha atraído jamás su atención y por ello el apellido Heidegger y sus elucubraciones de la alta escuela de la filosofía alemana le resultan completamente ajenas. No obstante, David sabe que es real el tiempo y real la marca que deja sobre el mundo y para ello no es necesaria ninguna ecuación que le muestre algo que resulta tan evidente, sobre todo en ese momento. Tal vez sea la melancolía de la hora, un domingo por la tarde con un sol moribundo y rojo sobre el horizonte, tal vez sea la angustia de estar encadenado a un trabajo aburrido y servil como asistente de juzgado, la cosa es que para David A. la vida transcurre como un recordatorio constante de su carácter efímero e irrecuperable. La espalda le duele después de pasar todo el día acostado, sin ánimo para salir a la calle a buscar algo para comer o para matar el domingo de otra manera que no sea dormitando y rumiando sus vagas tristezas y frustraciones. Se siente vacío, desconsolado, con ganas de llorar sin tener un motivo específico al cual atribuir semejante invitación al llanto y sin la suficiente fortaleza para dejarse llevar por el momento y mantener al mismo tiempo la cordura o quizá la vida misma. De vez en vez la idea del suicidio le revolotea como una mariposa nocturna por la cabeza. Lo asusta, le da asco y lo fascina. No es la primera vez que lo piensa y cada vez que regresa lo hace con mayor fuerza y lo seduce con su canto. Una .45 guardada en un cajón bajo la cama es una tentación permanente para un individuo que siente que el rótulo que mejor define su vida es la palabra fracaso. Pese a ello, nuestro sujeto siempre se arredra ante semejante decisión y vacila por largos minutos hasta desechar la tétrica idea; creo que es bastante probable que jamás ceda a ella. David A. es un hombre atado a la monotonía y a la inercia, y gracias a ello se mantiene vivo. Está lo suficientemente anclado a este mundo, gris e insufrible según lo ha descrito en más de una oportunidad, como para tomar una determinación que necesita del coraje de salir corriendo del hoyo donde pretende ocultarse del miedo y abalanzarse sobre sus fauces. Por eso la .45 permanece en su sarcófago de cartón, junto con otras tantas cosas pequeñas pero significativas, que aumentan la angustia de David cada que vuelve sus ojos sobre ellas. Al morir la tarde, David A. cierra los ojos y arroja el cigarro al suelo de su minúsculo departamento rentado. El pitillo se extingue dejando una pequeña marca de tedio sobre el linóleo manchado.

Monday, January 29, 2007

YO, FEMINISTA.

Hace ocho años, cuando por un golpe de suerte publiqué Mr. Verga vs. ProVida (Mexicali: Ediciones del Ateneo Práxedis Guerrero, 1999), vaticiné que el destino de la mitad de las mujeres de mi generación estaría marcado por una neurosis temprana y una incomprensión inmovilizante del mundo. En aquel momento, señalé la necesidad de re-re-re-fundar el movimiento feminista internacional con base en un ejercicio concientemente desaforado y desesperado del sexo, sin discriminaciones, ni pretensiones. La única limitante estaría dada por el uso del preservativo, pues a pesar de las risas, no deseaba ser acusado de andar promoviendo la transmisión del SIDA. Por supuesto que la propuesta era una mera guasonada, a sabiendas de que once de cada diez mujeres que escuchasen esta “propuesta” se mofarían de ella, en el mejor de los casos. En aquel momento, la intención de mi libelo (además de hacer un poco de activismo político contra las obscuras fuerzas del puritanismo que se vislumbraban en el futuro inmediato) consistía en efectuar una crítica a la interpretación light del feminismo y el amor libre, la cual me parecía harto evidente tanto entre l@s chic@s de mi generación y peor aún, entre mis camaradas. Concedía una importancia particular al asunto, pues mi personalidad megalómana me llevaba a atribuirme el poder de disipar la sombra de la ignorancia, a la cual atribuía semejante perversión de las ideas de los grandes luchadores sociales de antaño y de esta manera, contribuir a la solución de las nefastas consecuencias de estas distorsiones. Aunque la edición del libro se agotó en menos de dos años (la edición constaba de quinientos luminosos ejemplares), nunca se recibieron peticiones que condujesen a una reimpresión del tiraje original. Yo, como era de esperarse, no recibí ni recibiré jamás, un centavo por las regalías del escrito. Con el tiempo abandoné mi activismo social y devine en el indiferente esclavo que eventualmente terminaría por convertirse en el adicto al Internet. El libraco quedó en el olvido, al menos por lo que a mí respecta. Ahora, en los últimos días del 2006, resulta que recibo el reenvío de un e-mail proveniente de una agrupación de chicas, todas mayores de 30, que han decidido fundar una especie de sociedad que promueve los poderes curativos del sexo (no especifican curativos de qué, ni de quién). Este grupo de mujeres se ha establecido en un pequeño pueblito al norte del estado de Montana y tienen a Mr. Verga vs. Provida, como uno de los textos fundacionales de su nuevo movimiento. Aunque el reenvío provenía de uno de mis conocidos del ateneo, al principio pensé que se trataba de la broma de algún brillante lector insatisfecho con la tesis del libro, por lo cual estuve a punto de mandar al carajo el correo.. No obstante, la curiosidad mató al gato y en mi caso, me llevó a escribir unas cuantas líneas a la dirección que indicaba el envío original, añadiendo algunos datos sobre mi persona y mis relaciones con los editores de la obra. Una respuesta detallada y extensa fue recibida al día siguiente de mi correo. La sorpresa que me llevé resulta inefable, pues la organización no sólo existe, sino que cuenta con más de 20 mujeres afiliadas a ella. En el correo que me envían, remiten nombre y correo electrónico de cada una de ellas. Además, me piden encarecidamente ponerme en contacto, con la finalidad de profundizar algunos aspectos aquel texto que yo pensaba ya olvidado. Escéptico furibundo (y paranoico semi-retirado), decidí seguir indagando en el asunto y meter al azar 5 direcciones a mi Messenger, con la seguridad endeble de que nadie daría acuse de recibo. Esa misma tarde, las cinco direcciones habían sido integradas de manera exitosa y tuve la oportunidad de conversar en ese mismo momento con tres de sus propietarias. La conversación atenuó mis dudas sobre la posibilidad de ser víctima de mi propia broma y aumentó mi desconfianza sobre la identidad de las mentadas activistas del sexo. En resumen, me enteré de lo siguiente: resulta que el movimiento lleva operando de manera semiclandestina, desde agosto de 2005. El grupo se constituyó a finales del 2003 y desde entonces se dio a la tarea de buscar una localidad pequeña, en donde pudiesen establecer un discreto centro de operaciones. Aunque originalmente el activismo lo realizaban sólo los fines de semana (ya se sabe, entre semana hay que trabajar y cumplir con el sistema), hoy día al menos cuatro de ellas, cuyos trabajos no requieren la presencia en una oficina, que se han mudado al pequeño poblado y se dedican a llevar a cabo la refundación del feminismo, cada que la ocasión se presenta. La mayoría de los y las beneficiarias de sus acciones, son personas llegadas de otras partes de Montana e incluso de estados vecinos, que han sido contactadas de manera más o menos directa (conocid@s del trabajo o amig@s de amig@s) e invitadas a hacerles una visita. En promedio, la organización ejecuta entre diez y trece acciones por semana. La casa que sirve de base de operaciones para el grupo, opera disfrazada bajo la fachada de una modesta (pero increíblemente próspera) tienda de artículos de segunda mano. Es posible que este sea un dato inexacto, dado el carácter conspirador del asunto. Fiel a la jalada que aventuré en mi libelo, las nuevas activistas del feminismo treintañero no solicitan ningún tipo de compensación por las actividades que llevan a cabo (rompen la lógica del cápital). Tampoco establecen relaciones duraderas con ninguno de los mediums que permiten esta “novedosa” modalidad de activismo político; lo único que se les pide es manejar con discreción la información sobre el movimiento y difundirla solamente a personas de su entera confianza. La no-tan-pequeña sociedad conspiradora se mantiene completamente con las aportaciones de sus miembros; todo tipo de donativo externo se encuentra estrictamente “prohibido” por sus estatutos. Las decisiones, aún las que pudiesen considerarse más nimias, son tomadas colectivamente y existe el acuerdo común de abortar el proyecto, escindirse y fundar nuevas sociedades “secretas”, si en algún momento se llega a difundir información sobre el movimiento en los mass media.

Hace algunos meses (seis cuando mucho), leí un artículo del que para mí es el más lúcido de los pop-stars del pacifismo: John Zerzan. El artículo, publicado en el no menos (ni más) célebre Earth First, hacía mención de un movimiento novedoso que se encontraba llevando sus primeras acciones en los estados del noroeste americano; ignoro si la mención tiene alguna relación con el grupo que actualmente despliega esta erótica forma de subversión. Por lo pronto, hemos acordado en que pensaré la posibilidad de elaborar un segundo escrito, donde extienda y profundice las propuestas plasmadas en el texto original. No sé si deba o no revelarles la farsa. Finalmente, si han decidido tomar cartas en el asunto: ¿por qué no permitirles llevar a cabo el experimento y observar su alcance? En los próximos días intentaré ponerme en contacto con los chavos de Mexicali, con Zerzan y/o con los editores de Earth Fist, e indagar más sobre el asunto; mi paranoia-autoestima lo demanda. Sería divertido volver a escribir un panfleto y retomar la polaca por un rato. Ya les contaré si me animo a hacerlo.

Friday, January 19, 2007

LA MALA HORA




Juzgas (qué mas) poco saludable
mi infaltable tabletita de cada noche.
Yo digo que es lo más sensato que he hecho
por mi salud últimamente
(por mantenerme vivo acaso).


No me gusta despertar de madrugada:
es la hora de la mierda,
la hora de la duda y el silencio.

Odio (qué mas)
las preguntas de la noche.
Son demasiado jodedoras.
Exigen, aullan, sollozan, gimen;
suplican por una respuesta que les permita
esperar otro mundo, otro modo
de enfrentar una cosa sin rostro.
Que arrolla. Que muele. Que desgarra por dentro.

No me gustan esas preguntas,
no son necesarias.
La respuesta puede ser cualquiera
y no cambia la naturaleza de las cosas.
Las cosas son como son.
Eso es indudable.

Monday, January 08, 2007

EL GORDO GALICIA

Casi todos los hombres aspiramos en algún momento de nuestras vidas a ser héroes. No grandes héroes, por cierto. En realidad lo único que se necesita es que cierta persona nos vea como tales. Quizá se trate de una especie de locura producida por las historias de la infancia, un trastorno que hace que uno sienta la pulsión de rescatar a la princesa del peligro, liberarla del embrujo bajo el cual se encuentra, rescatarla del ferocísimo (guapérrimo, adinerado y/o cabroncísimo) dragón, salvarla de sí misma (¡Oh, sí! Esto especialmente). Es una idea bastante linda que te jode divinamente. Una y otra vez, ves fracasar la empresa, te quedas impotente, iracundo y a pesar de ello, sigues insistiendo jodidamente. Quizá a las mujeres les pase algo semejante, quizá sientan en alguna etapa de sus vidas la necesidad de ser mamá gallina y proteger al pollito indefenso. No sé. Nunca he aparentado ser un pollito y me cagan los cabrones que se hacen los sufridos para explotar la compasión de una mujer. Me pregunto si tales pusilánimes llegarán a sentir también en algún momento la necesidad de salvar a alguien. Quizá sí. Quizá su patetismo sea un intento permanente por salvarse a sí mismos. Afortunadamente, tales duendes no llegan a superar a los aprendices de héroe. Ahora mismo pienso en el buen Gordo Galicia, en su obsesión por las secretarias con maridos golpeadores, borrachos. Es un tipo simpático, noble. El mejor ejemplo de que la bondad no paga. Siempre la misma novelita. Tipos brutales que las tienen hasta la madre durante el día, que las dejan secas de tanto llorar, que las llenan de hijos antes de cumplir los treinta años. Y ahí está el Gordo Galicia, al pie del cañón, consolándolas, ofreciendo su hombro, llevándolas a comer para que se desahoguen, cargando al chamaquito mocoso y gritón, para que la madre pueda estar por unos minutos tranquila. Cualquiera pensaría que son la familia modelo: padre y esposo amoroso, una madre joven y bella, un par de escuincles berrinchudos y adorados por sus padres. Pero siempre hay que pagar la cuenta, despedirse y marcharse a casa. El Gordo Galicia se va al departamento que comparte con su madre y su hermano oligofrénico. Se encierra en el baño y se hace una chaqueta mientras piensa en ella. La joven madre se va también a casa, vuelve al infierno del marido infiel, borracho y/o golpeador. Regresa, como siempre lo hace, con aquél cabrón que coge tan delicioso. Si tiene suerte será una noche de mucho sexo, a raudales. Sexo por todos los orificios posibles. Sexo con alcohol y unas líneas de coca o unas buenas tachas. Es todo lo que ella necesita. El Gordo Galicia está bien para desahogar sus frustraciones. Para la noche lo que se necesita es un macho brutal, un semental que la pueda penetrar hasta el cervix. Es difícil encontrar un buen amante. Por un buen follador se pueden aguantar los madrazos y el papiloma, los gritos en público y trabajar para mantenerlo, todo con tal de chorrearse sin medida un par de veces a la semana. Cada semana. En lo que él la bota. Aún así, el Gordo Galicia persiste. Dice que no le importa quedarse eternamente en la entrada y jamás disfrutar del plato fuerte. Asegura que hay algo heroico en aguantar vara y brindar apoyo a la dama. Tiene una fe enorme. Está seguro de que algún día será correspondido y en mayor medida que el hijo de puta que regentea a su amada secretaria. La misma historia por años. Cambian los nombres, no los hechos. Yo no quiero ser un héroe. Yo ya no quiero ser un héroe. No critico al Gordo Galicia, lo entiendo. Yo lo intenté también por años, con la misma fe, con la misma abnegación, pera ya no puedo. No soy un héroe, nunca lo fui y nunca lo seré. Me cansé, me harté sobre todo. No voy a seguir calentando la cama para que otro cabrón venga y se acueste. Allá aquellos que quieran seguir aspirando a ser héroes. No estoy para salvar a nadie y tampoco quiero que me salven La única heroína que necesito la consigo con mi dealer. Suficiente para sentirme bien por un rato y coger sin complicaciones con una putita tan adicta y destrozada, como yo mismo me encuentro.

Friday, December 08, 2006

AUTOENGAÑO

Miedo, no existes;
confusión infame.
Manos, ¡no tiemblen!
Ojos, ¡no se desvíen!
Labios, ¡no duden!
Esto no es esto:
no es real lo que siento.

Friday, December 01, 2006

DOS ÁSPIDES

Todo surgió como consecuencia del comentario de Lola sobre la eterna oscilación entre el amor y el odio que mantienen su hermana y el compañero de esta. Para un ente lleno de certezas endebles como Lola, la indecisión de su parentela le resulta chocante; una confirmación de la estupidez con la cual la gente conduce sus vidas, al menos en el plano sentimental. Yo he tratado de defender ante ella, el punto de vista de que actuar irracionalmente no es lo mismo que actuar estúpidamente; desafortunadamente no soy un gran polemista. Además, como la mayoría de mis amigos (y como yo mismo en muchísimas ocasiones) Lola juzga la vida a partir de un razonamiento binario: 1-0, no más. Evidentemente, esto no deja mucho espacio para la discusión. Cuestión de afinidades, supongo, aunque sea en las limitaciones del pensamiento. El punto es, que a mí no me resulta tan incomprensible el caso de la hermana de Lola. Creo que el amor apache es algo tan añejo como el hombre (quizá anterior a él) y tiene su irracional encanto. Su estética, para ser más intersubjetivistas. Claro que entiendo el malestar que genera testificar y verse envuelto en relaciones donde las riñas son infinitamente mayores que sus gestos amorosos. Entiendo que Lola está harta de tener que escuchar las quejas y diatribas de ambos y de ser tomada por juez una y otra y otra vez. Como todo mundo, aún mi calculadora amiga es víctima de sus afectos y pasiones; aquí se trata del gran cariño que siente por su hermana y cuñado. No obstante, creo que su molestia es síntoma de algo aún más importante y que se manifestó en un comentario aparentemente preventivo, en circunstancias que no pienso abundar. En aquella ocasión, Lola me declaró orgullosa (con ese orgullo que lo desborda a uno cuando piensa que hay algo que lo hace especial) que sería incapaz de cursilerias tales como llamar a su pareja mi vida o mi cielo. Pues bien, creo que ese algo (que es el corazón del malestar de mi amiga y el corazón de muchos de los malestares de nuestro tiempo) puede ser identificado con una especie de orgullo hueco. Es dicho orgullo, el que nos lleva a renegar de una verdad accesible a cualquiera y por experiencia directa: cuando uno ama, identifica a ese amor con la vida misma. Una experiencia que sólo suele ser reconocida por aquellos que hoy día son considerados apestados sociales, por lo menos en ciertos círculos sectarios. Creo como Lola, que hay una buena dosis de cursilería en llamar mi vida a alguien, sobre todo cuando esto se hace a todo pulmón, como para anunciarle al mundo lo extraordinariamente feliz que se siente uno con su pareja. Pero creo también que quien dice cielo, amor mío o algún otro rótulo afectivo, intenta comunicar un hecho demasiado grande como para guardarlo dentro. Quien dice mi vida, no sólo brinda una caricia verbal y ondea un estandarte; también otorga en esas dos palabras una potestad al ser amado: la potestad que implica justificar la existencia de alguien. Quizá por ello hay quienes lo anuncian con altavoces, en un lugar público de preferencia; por que anunciarle públicamente al ser amando su condición de soberano de nuestras vidas, implica también imponerle la responsabilidad de salvaguardar dicha soberanía. Digamos que es, de algún modo, un acto de conservación. Y salvo los deprimidos y los desesperados, a nadie más le resulta grata la idea de perder la vida. Nuestra generación, y cuando digo nuestra generación me refiero esencialmente a los nacidos y criados en las grandes urbes de finales de los 70’s y principios de los 80’s, es especialmente altiva hacia estos aspectos fundamentales de la vida. Al decir esto no me refiero a los datos arrojados por una encuesta sobre actitudes de los adultos treintañeros y veinteañeros tardíos, más bien me refiero a una idea o mejor dicho un sentimiento o pose, que ha caracterizado a nuestra generación y por lo que será recordada en algunos años, cuando seamos los cincuentones nostálgicos y suficientemente sencillos (si bien nos va) para reconocerlo: la estupidez de creernos con una inteligencia distinta y mayor a la que poseyeron las generaciones de nuestros padres y abuelos. En realidad, creo que es la pretensión de ser los más inteligentes de la historia, por lo menos en una cantidad considerable de casos. Me parece que esta altanería, no se explica por la mera brecha generacional; en realidad, creo que es producto de una coyuntura histórica que no trataré en este punto: el mentado y trillado fin de la historia de Fukuyama. Una chanza que es al mismo tiempo una invitación a la arrogancia y una imposibilidad para aspirar a la grandeza, definida esta según las filias de cada uno. Desde mi punto de vista, la arrogancia de nuestra generación es hija de dicha broma y también la causa que nos impide comprender los elementos fundamentales del ethos humano. Posiblemente me equivoque, víctima de mis fobias; aún así, no dejo de encontrar ejemplos que mantienen viva esta idea.

Vuelvo al punto de origen. Lola no es la primera, ni la última en lamentarse de la situación que testifica. En realidad, el caso de Lola era sólo un pretexto para dejarles este sonetito de Lope de Vega, en donde el maestro sugiere una solución a los divinos tormentos del amor apache. Va pues:

________SONETO 57

Silvio en el monte vio con lazo estrecho
un nudo de dos áspides asidas,
que, así enlazadas, a furor movidas,
se mordían las bocas, cuello y pecho.

"Así –dijo el pastor-, que están sospecho,
en el casado yugo aborrecidas
dos enlazadas diferentes vidas,
rotas las paces, el amor deshecho."

Por dividir los intrincados lazos,
hasta la muerte de descanso ajenos,
alzó el cayado, y prosiguió diciendo:

"Siendo enemigos, ¿para qué en los brazos?
¿Para qué os regaláis y os dáis venenos?
Dulce morir, por no vivir muriendo."